sábado, enero 05, 2008

El amor conyugal de Alberto Moravia


¿Qué sucede cuando un intelectual creador, recién casado, en busca de la obra perfecta -la gran novela- decide postergar las atenciones hacia su mujer y mutila su vida sexual para conservar esa energía y otorgarla a la escritura? (Este se ha casado con la muchacha más bella del pueblo -una joven fascinada por la inteligencia del escritor a quien conserva en un pedestal y -sobretodo- respeta con una devoción propia de las amantes jóvenes, fascinadas con el mundo de las ideas, seguras de su decisión, entrega y fidelidad- y una mañana, luego de una semana de intensas maratones amatorias continuadas y nocturnas, toma una decisión: entregarse a la pasión conyugal lo distrae, impide que toda esa fuerza pueda convertirse en energía creativa. "Desde la noche de hoy y hasta que termine mi novela, postergaremos estos encuentros.") ¿Y qué sucede cuando una mujer entregada a su nobleza y a las coordenadas de su vocación, suspendida en la sexualidad, militante firme del ejército del sacrificio, ve destruida su dignidad cuando su esposo, el objeto de su admiración y fidelidad, “hiperconciente”, agrede estas normas con un golpe bajo a la confianza y el prejuicio de género -aquel con que solemos generalizar ciertas reacciones femeninas-?

En El amor conyugal –quizá la más breve de las novelas del autor de El Desprecio, historia llevada al cine por el genio de Jean Luc Godard-, Alberto Moravia se ocupa de la impostura –género esencial de la novela clásica-, la traición y el espanto –El amor conyugal tiene un final extractor: íntimamente acostado junto a Seize the day, la más breve pero no menos potencial novela de Saul Bellow, se sitúa dentro de los finales más demoledores que conserva mi aparato afectivo- dentro del universo conyugal, convencido de que toda relación puede provocar en su orilla, en el punto exacto donde comienza y termina, modificada en su buen equilibrio, un punto de inflexión y ruptura, un pliegue canalizador, la meseta donde descansan las suposiciones y el terror del intelecto. Un auténtico tratado de la (des)confianza y la postergación de los afectos y necesidades. De aquello que resolvemos con el intelecto y desarrollamos como un Proyecto de vida en la postergación.

Búsquenla, disfrútenla, cuestiónense y, sobretodo, déjense perturbar por todo lo que la historia ofrece: una lectura (auto)confesional. Porque solo leyendo sobre otros es que se puede leer a uno mismo. Y solo depellejándonos podemos llegar a comprender algo de nosotros.
Jorge Ayala